Pinocho y el museo del futuro a orillas del río Nervión

río Nervión

¡Rumbo a la ciudad más moderna del norte de España!

Con un paraguas plegable y unas ganas enormes de ver algo que le habían contado que parecía una nave espacial, el intrépido aventurero de madera, Pinocho, puso rumbo al corazón del País Vasco para navegar por un río con un nombre que suena a pura fuerza y energía: ¡el bravo río Nervión! Este cauce baja rápido y decidido desde las montañas vascas hasta meterse de lleno en la gran ciudad de Bilbao, donde sus aguas se vuelven anchas y tranquilas antes de juntarse con el mar Cantábrico.

Subido encima de una txalupa vieja (un barquito pesquero tradicional vasco) que le prestó un arrantzale simpático, Pinocho fue viendo cómo el paisaje cambiaba de montañas verdes a puentes enormes y edificios modernísimos a medida que el río entraba en la gran ciudad.

¡Una nave espacial de titanio a la orilla del río!

De pronto, al girar una curva del río bajo un puente altísimo, Pinocho casi se cae de espaldas al agua. Delante de él, plantado justo en la mismísima orilla del Nervión, se elevaba el espectacular Museo Guggenheim de Bilbao. ¡Era alucinante! Todo el edificio estaba cubierto de enormes planchas de titanio plateado que brillaban y cambiaban de color bajo la luz del sol, dándole unas formas curvas imposibles que parecían las escamas de un pez gigante o los pétalos de una flor del futuro. ¡Y custodiando la entrada, un perrito colosal hecho enterito de flores de colores llamado Puppy le daba la bienvenida con su sonrisa vegetal!

Pinocho estaba tan emocionadísimo correteando alrededor del museo-nave-espacial que no se fijó en que su txalupa se había soltado y flotaba río abajo. ¡Menudo susto! Corrió detrás de ella a toda velocidad, dando un salto acrobático para caer dentro del barquito, y al aterrizar de culo se le mojaron los bajos y canturreó muerto de risa:

«Empapándose entero hasta el último pantalón,
Pinocho chapoteó de risa en las olas del río Nervión»

El enorme perrito Puppy de flores pareció sonreír todavía más con su millón de margaritas, y los turistas que paseaban por la pasarela del museo se asomaron aplaudiendo a ese graciosísimo saltador acuático de madera que se sacudía el agua de los calzoncillos.

¡Remando hacia la bocana del Cantábrico!

Escurriendo sus ropitas empapadas y con la sonrisa más grande de todo el País Vasco pintada en la cara, Pinocho retomó los remos para bajar los últimos kilómetros del Nervión hasta la desembocadura en el mar. ¡Todavía le quedaba ver el enorme Puente Colgante de Portugalete, otra maravilla bilbaína!

No tengas nunca miedo de mojarte persiguiendo tus sueños, querido explorador, ¡porque las mejores aventuras siempre acaban con los zapatos empapados y la sonrisa más grande del mundo!

🎒 ¡Sigue viajando con Pinocho!

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