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  • Pinocho y la ciudad del futuro en el cauce mágico del río Turia

    Pinocho y la ciudad del futuro en el cauce mágico del río Turia

    ¡Rumbo al río que se convirtió en jardín!

    Con unas zapatillas blancas relucientes y los ojos más abiertos que nunca, el asombradísimo Pinocho llegó hasta la luminosa y festiva ciudad de Valencia para descubrir algo que no había visto jamás en ningún otro lugar del mundo: un río que dejó de ser río para convertirse en el parque más bonito y largo de toda España. Se trataba del increíble río Turia. Hace muchos años, después de unas inundaciones terribles, los valencianos decidieron desviar el cauce del río y convertir su antiguo lecho en kilómetros y kilómetros de jardines, fuentes, campos de fútbol y pistas de patinaje. ¡Toda una autopista de diversión verde cruzando la ciudad entera!

    Pinocho corría como un loco por los caminitos del antiguo cauce entre naranjos en flor, pasando por debajo de puentes de piedra antiquísimos que antes cruzaban el agua y ahora cruzaban praderas llenas de familias merendando. ¡Era como caminar por dentro de un río fantasma lleno de vida!

    ¡El lugar más futurista del planeta Tierra!

    Siguiendo el paseo del antiguo río hacia el mar, Pinocho llegó al final del jardín y casi se desmaya de pura impresión. Delante de él se desplegaba la espectacular Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia. ¡Eran edificios blanquísimos y gigantescos con formas tan alucinantes que parecían naves espaciales aterrizadas sobre láminas de agua turquesa! Había un ojo enorme de cristal que era un cine en 3D, un esqueleto de ballena colosal que resultó ser un museo de ciencias, un palacio de ópera con forma de casco de astronauta y un acuario inmenso donde nadaban tiburones y belugas de verdad.

    Pinocho, completamente alucinado paseando entre aquellas estructuras que parecían salidas del año tres mil, se sentó al borde de una de las enormes láminas de agua que reflejaban los edificios blancos como espejos perfectos. Sacó un instrumento chiquitito de cuerda de su mochila y canturreó rascando las cuerdas suavecito:

    «Tocando unas notas alegres con su vieja bandurria,
    Pinocho paseó encantado por el cauce seco del Turia»

    Las notas musicales rebotaron entre las curvas blancas de los edificios futuristas creando un eco preciosísimo, y los pececitos de colores que nadaban en las láminas decorativas dieron saltitos al compás como si estuvieran bailando una danza del futuro.

    ¡Del jardín fantasma a las olas del Mediterráneo!

    Con su bandurria bien guardada y los ojos todavía llenos de reflejos blancos y turquesas, Pinocho siguió caminando por los últimos metros del antiguo cauce del Turia hasta llegar a la playa de la Malvarrosa, donde el río fantasma desembocaba antiguamente en el brillantísimo mar Mediterráneo entre paellas gigantes y castillos de arena.

    Mira siempre al futuro con los ojos de un explorador del pasado, querido aventurero soñador, ¡porque las ciudades más bonitas del mundo son las que convierten sus viejos ríos en jardines de ciencia ficción donde todo el mundo puede jugar!

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  • El gracioso chapuzón de Pinocho entre caballos y bodegas del río Guadalete

    El gracioso chapuzón de Pinocho entre caballos y bodegas del río Guadalete

    ¡Rumbo al río del vino y los caballos bailarines!

    Con un chalequito andaluz de lunares y unas botas camperas que le quedaban enormes, el simpático Pinocho cabalgó hasta la soleada provincia de Cádiz para navegar por un río con una historia antiquísima: el famoso río Guadalete. Este cauce baja desde las sierras gaditanas cruzando campiñas doradas por el sol hasta llegar a las costas atlánticas, y es tan importante en la historia de España que en sus orillas se libró una batalla hace más de mil trescientos años que cambió para siempre el destino de todo el país.

    Montado sobre un corcho redondito de los que se usan para tapar las botellas de las bodegas jerezanas, Pinocho flotaba por las aguas fresquitas dejándose acariciar por el vientecillo cálido que olía a jazmín, a azahar y a tierra mojada.

    ¡Caballos elegantísimos y catedrales de barriles!

    Al llegar a la maravillosa ciudad de Jerez de la Frontera, Pinocho se bajó de su corcho de un salto para descubrir dos tesoros que le dejaron con la boca abierta. Primero corrió hasta las cuadras de la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, donde los caballos más bonitos del mundo, los pura raza españoles, bailaban al ritmo de la música clásica con una elegancia que quitaba el aliento. ¡Movían las patitas como si fueran bailarinas de ballet con herraduras doradas!

    Y después, se coló de puntillas en las enormes bodegas de Jerez. ¡Eran naves altísimas con techos de catedral donde descansaban miles y miles de barriles de madera oscura apilados hasta el cielo, envejeciendo lentamente el famosísimo vino de Jerez! El olor era tan fuerte y dulce que a Pinocho le entró un mareo tontísimo y al intentar sentarse en un barril resbaladizo se cayó de espaldas. Muerto de risa desde el suelo, canturreó con las patas al aire:

    «Cayéndose de culo y aterrizando sobre su culete,
    Pinocho se partió de risa a las orillas del Guadalete»

    Los caballos andaluces que paseaban cerquita de la bodega relincharon divertidísimos al ver al muñeco despatarrado en el suelo, y un gatito bodeguero pelirrojo que dormía encima de un barril abrió un ojito, bostezó y volvió a dormirse como si aquello fuera lo más normal del mundo.

    ¡Galopando sobre las olas hacia el Atlántico!

    Frotándose el culete dolorido y todavía riéndose de su propia torpeza, Pinocho volvió a montarse en su corcho gigante y dejó que la corriente le llevara entre salinas brillantes y esteros llenos de flamencos hasta la desembocadura del Guadalete en la bahía de Cádiz, donde el agua dulce se mezcla con las olas bravas del Atlántico.

    Ríete siempre de tus propias caídas, querido explorador payasete, ¡porque los mejores viajes del mundo se recuerdan tanto por las maravillas que viste como por los tropezones que te hicieron soltar la carcajada más grande!

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  • Pinocho y el museo del futuro a orillas del río Nervión

    Pinocho y el museo del futuro a orillas del río Nervión

    ¡Rumbo a la ciudad más moderna del norte de España!

    Con un paraguas plegable y unas ganas enormes de ver algo que le habían contado que parecía una nave espacial, el intrépido aventurero de madera, Pinocho, puso rumbo al corazón del País Vasco para navegar por un río con un nombre que suena a pura fuerza y energía: ¡el bravo río Nervión! Este cauce baja rápido y decidido desde las montañas vascas hasta meterse de lleno en la gran ciudad de Bilbao, donde sus aguas se vuelven anchas y tranquilas antes de juntarse con el mar Cantábrico.

    Subido encima de una txalupa vieja (un barquito pesquero tradicional vasco) que le prestó un arrantzale simpático, Pinocho fue viendo cómo el paisaje cambiaba de montañas verdes a puentes enormes y edificios modernísimos a medida que el río entraba en la gran ciudad.

    ¡Una nave espacial de titanio a la orilla del río!

    De pronto, al girar una curva del río bajo un puente altísimo, Pinocho casi se cae de espaldas al agua. Delante de él, plantado justo en la mismísima orilla del Nervión, se elevaba el espectacular Museo Guggenheim de Bilbao. ¡Era alucinante! Todo el edificio estaba cubierto de enormes planchas de titanio plateado que brillaban y cambiaban de color bajo la luz del sol, dándole unas formas curvas imposibles que parecían las escamas de un pez gigante o los pétalos de una flor del futuro. ¡Y custodiando la entrada, un perrito colosal hecho enterito de flores de colores llamado Puppy le daba la bienvenida con su sonrisa vegetal!

    Pinocho estaba tan emocionadísimo correteando alrededor del museo-nave-espacial que no se fijó en que su txalupa se había soltado y flotaba río abajo. ¡Menudo susto! Corrió detrás de ella a toda velocidad, dando un salto acrobático para caer dentro del barquito, y al aterrizar de culo se le mojaron los bajos y canturreó muerto de risa:

    «Empapándose entero hasta el último pantalón,
    Pinocho chapoteó de risa en las olas del río Nervión»

    El enorme perrito Puppy de flores pareció sonreír todavía más con su millón de margaritas, y los turistas que paseaban por la pasarela del museo se asomaron aplaudiendo a ese graciosísimo saltador acuático de madera que se sacudía el agua de los calzoncillos.

    ¡Remando hacia la bocana del Cantábrico!

    Escurriendo sus ropitas empapadas y con la sonrisa más grande de todo el País Vasco pintada en la cara, Pinocho retomó los remos para bajar los últimos kilómetros del Nervión hasta la desembocadura en el mar. ¡Todavía le quedaba ver el enorme Puente Colgante de Portugalete, otra maravilla bilbaína!

    No tengas nunca miedo de mojarte persiguiendo tus sueños, querido explorador, ¡porque las mejores aventuras siempre acaban con los zapatos empapados y la sonrisa más grande del mundo!

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  • Pinocho y la isla más curiosa del mundo en el río Bidasoa

    Pinocho y la isla más curiosa del mundo en el río Bidasoa

    ¡Rumbo a la frontera más verde entre dos países!

    Con una txapela vasca bien puesta en su cabecita de madera y una sidra natural en su cantimplora, el insaciable explorador Pinocho caminó hasta el norte de España para conocer un río pequeñito pero lleno de grandísimos secretos: el encantador río Bidasoa. Este cauce cortito y fresquísimo baja saltarín desde los montes navarros entre hayedos mágicos hasta llegar al mar Cantábrico haciendo de frontera natural entre España y Francia.

    Subido a una tabla de surf vasca pintada con los colores de la ikurriña, Pinocho remaba entre salmones que saltaban a su alrededor como si estuvieran compitiendo en unas olimpiadas acuáticas. El olor a hierba mojada y bosque fresco le hacía cosquillas en la punta de la nariz a cada segundo.

    Una torre moderna y la isla más rara del planeta

    Al llegar a la bonita ciudad de Irún, Pinocho saltó a tierra para estirar las piernecitas y se quedó fascinado al ver entre los edificios un gigante modernísimo que brillaba bajo el sol: ¡la espectacular Torre Zaisa de Irún! Era un edificio altísimo y supermoderno de hormigón y cristal reluciente, con unas enormes ventanas que reflejaban las montañas verdes y las nubes como si fueran espejos mágicos. ¡Parecía un rascacielos del futuro plantado en medio de la naturaleza vasca!

    Pero lo más alucinante vino después. Al volver al río y seguir bajando hacia la desembocadura, vio en mitad del agua una cosita verde diminuta: ¡la famosísima Isla de los Faisanes! Es la isla más curiosa y especial del mundo entero porque pertenece a España seis meses al año… ¡y a Francia los otros seis! Cada medio año se cambian las llaves. ¡Es la isla compartida más pequeña y diplomática del planeta!

    Tan asombrado quedó con esa idea de compartir una islita entera que sacó un cuenquito de su mochila, se preparó un piscolabis saludable y canturreó feliz mientras rodeaba la diminuta isla:

    «Merendando muy contento un rico plato de quinoa,
    Pinocho rodeó encantado la isla secreta del Bidasoa»

    Un faisán gordote y coloradísimo que paseaba campante por la islita levantó la cabeza al oír la rima, agitó sus plumas doradas orgulloso de que su isla llevara su nombre y soltó un cacareo aprobatorio que sonó por ambas orillas francesas y españolas al mismo tiempo.

    ¡Las olas del Cantábrico ya rugen!

    Con su cuenquito bien recogido y despidiéndose del faisán diplomático con una reverencia internacional, Pinocho retomó su tabla de surf hacia los últimos metros del río donde las aguas dulces del Bidasoa se mezclaban con la espuma bravísima del Cantábrico en la bahía de Txingudi.

    Aprende siempre a compartir como hacen los países con esa islita mágica, querido explorador, ¡porque las mejores fronteras del mundo son las que se cruzan con una sonrisa y un buen plato de comida calentita!

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  • El caluroso baile de Pinocho bajo la enorme iglesia del río Magdalena

    El caluroso baile de Pinocho bajo la enorme iglesia del río Magdalena

    ¡Rumbo al inmenso y alegre río de Colombia!

    Dando un saltito lleno de ritmo y color, el muñequito de madera más atrevido del mundo, Pinocho, decidió cruzar todos los mares para bañarse en las soleadas aguas de Sudamérica. Con una inmensa sonrisa llegó al conocidísimo río Magdalena, ¡el verdadero corazón líquido de toda Colombia entera! Es un río kilométrico que riega miles de selvas, montañas altísimas y pueblecitos repletos de la música más bailonga de la Tierra.

    Dejándose querer y flotando graciosamente boca arriba sujeto a un viejo cocotero, Pinocho escuchaba el dulce y asombroso chapoteo de los curiosos caimanes, que asomaban tímidamente sus perezosos ojitos por encima del agua azuladísima mientras escuchaba tambores a lo muuuy lejos.

    Una iglesia moderna llena de infinitas lucecitas de colores

    Llevado por la sabrosísima y gigante corriente rítmica, llegó a la gigantesca y maravillosa ciudad de Barranquilla. Buscando el origen de tanto color de cuento precioso, frenó en la gran orilla del río y se subió apresurado a la explanada para maravillarse con una iglesia súper rarísima e inmensa: ¡la gigantesca y modernísima Catedral metropolitana de Barranquilla! Sus formidables techos cruzados y todos aquellos grandototes y puntiagudos cristales «vidrieras», coloreaban absolutamente toda la enorme catedral, tiñendo el sol de color caramelo multicolor y arrojando lucecitas de arcoíris por toda la alegre y rumbosa explanada.

    Tan contagiadísimo por aquel tremendo sol y aquel rimbombante ambiente sabrosísimo, que Pinocho se puso hojas grandotas de palmera en la cabeza simulando tener muchísimo pelo tropical y se arrancó cantando y roncando:

    «Sacudiendo muy contento su graciosa y veraniega melena,
    Pinocho rió a inmensas carcajadas bajando el río Magdalena»

    Varios papagayos inmensos, preciosísimos y multicolores bajaron rapidísimo revoloteando por la altísima plaza bañada de hermosos rayitos multicolor bailoteando entre aplausos, picoteando el sombrerito para unirse a ese fantástico compás.

    ¡Rumbo hacia el gigantesco mar bailongo!

    Tras frotarse asombradísimo los ojitos y coger por puñados las chulísimas plumas y sonrisas de la ciudad sabrosa tropical, nuestro incansable muñequito saltó devuelta rapidísimo a chofetear para seguir bañando todas las mágicas rumbas que el gran país colombiano escondía hasta llegar al salado Caribe.

    Haz como él y no te canses nunca de poner un pasito caribeño de baúl de barco grande a todos tus nuevos viajes, amigo de grandes sonrisas, que a los tristes cocodrilos jamás de los jamases les sonreirá el colorido Caribe.

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