¡Rumbo a la frontera más verde entre dos países!
Con una txapela vasca bien puesta en su cabecita de madera y una sidra natural en su cantimplora, el insaciable explorador Pinocho caminó hasta el norte de España para conocer un río pequeñito pero lleno de grandísimos secretos: el encantador río Bidasoa. Este cauce cortito y fresquísimo baja saltarín desde los montes navarros entre hayedos mágicos hasta llegar al mar Cantábrico haciendo de frontera natural entre España y Francia.
Subido a una tabla de surf vasca pintada con los colores de la ikurriña, Pinocho remaba entre salmones que saltaban a su alrededor como si estuvieran compitiendo en unas olimpiadas acuáticas. El olor a hierba mojada y bosque fresco le hacía cosquillas en la punta de la nariz a cada segundo.
Una torre moderna y la isla más rara del planeta
Al llegar a la bonita ciudad de Irún, Pinocho saltó a tierra para estirar las piernecitas y se quedó fascinado al ver entre los edificios un gigante modernísimo que brillaba bajo el sol: ¡la espectacular Torre Zaisa de Irún! Era un edificio altísimo y supermoderno de hormigón y cristal reluciente, con unas enormes ventanas que reflejaban las montañas verdes y las nubes como si fueran espejos mágicos. ¡Parecía un rascacielos del futuro plantado en medio de la naturaleza vasca!
Pero lo más alucinante vino después. Al volver al río y seguir bajando hacia la desembocadura, vio en mitad del agua una cosita verde diminuta: ¡la famosísima Isla de los Faisanes! Es la isla más curiosa y especial del mundo entero porque pertenece a España seis meses al año… ¡y a Francia los otros seis! Cada medio año se cambian las llaves. ¡Es la isla compartida más pequeña y diplomática del planeta!
Tan asombrado quedó con esa idea de compartir una islita entera que sacó un cuenquito de su mochila, se preparó un piscolabis saludable y canturreó feliz mientras rodeaba la diminuta isla:
«Merendando muy contento un rico plato de quinoa,
Pinocho rodeó encantado la isla secreta del Bidasoa»
Un faisán gordote y coloradísimo que paseaba campante por la islita levantó la cabeza al oír la rima, agitó sus plumas doradas orgulloso de que su isla llevara su nombre y soltó un cacareo aprobatorio que sonó por ambas orillas francesas y españolas al mismo tiempo.
¡Las olas del Cantábrico ya rugen!
Con su cuenquito bien recogido y despidiéndose del faisán diplomático con una reverencia internacional, Pinocho retomó su tabla de surf hacia los últimos metros del río donde las aguas dulces del Bidasoa se mezclaban con la espuma bravísima del Cantábrico en la bahía de Txingudi.
Aprende siempre a compartir como hacen los países con esa islita mágica, querido explorador, ¡porque las mejores fronteras del mundo son las que se cruzan con una sonrisa y un buen plato de comida calentita!
🎒 ¡Sigue viajando con Pinocho!
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