El gracioso chapuzón de Pinocho entre caballos y bodegas del río Guadalete

río Guadalete

¡Rumbo al río del vino y los caballos bailarines!

Con un chalequito andaluz de lunares y unas botas camperas que le quedaban enormes, el simpático Pinocho cabalgó hasta la soleada provincia de Cádiz para navegar por un río con una historia antiquísima: el famoso río Guadalete. Este cauce baja desde las sierras gaditanas cruzando campiñas doradas por el sol hasta llegar a las costas atlánticas, y es tan importante en la historia de España que en sus orillas se libró una batalla hace más de mil trescientos años que cambió para siempre el destino de todo el país.

Montado sobre un corcho redondito de los que se usan para tapar las botellas de las bodegas jerezanas, Pinocho flotaba por las aguas fresquitas dejándose acariciar por el vientecillo cálido que olía a jazmín, a azahar y a tierra mojada.

¡Caballos elegantísimos y catedrales de barriles!

Al llegar a la maravillosa ciudad de Jerez de la Frontera, Pinocho se bajó de su corcho de un salto para descubrir dos tesoros que le dejaron con la boca abierta. Primero corrió hasta las cuadras de la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, donde los caballos más bonitos del mundo, los pura raza españoles, bailaban al ritmo de la música clásica con una elegancia que quitaba el aliento. ¡Movían las patitas como si fueran bailarinas de ballet con herraduras doradas!

Y después, se coló de puntillas en las enormes bodegas de Jerez. ¡Eran naves altísimas con techos de catedral donde descansaban miles y miles de barriles de madera oscura apilados hasta el cielo, envejeciendo lentamente el famosísimo vino de Jerez! El olor era tan fuerte y dulce que a Pinocho le entró un mareo tontísimo y al intentar sentarse en un barril resbaladizo se cayó de espaldas. Muerto de risa desde el suelo, canturreó con las patas al aire:

«Cayéndose de culo y aterrizando sobre su culete,
Pinocho se partió de risa a las orillas del Guadalete»

Los caballos andaluces que paseaban cerquita de la bodega relincharon divertidísimos al ver al muñeco despatarrado en el suelo, y un gatito bodeguero pelirrojo que dormía encima de un barril abrió un ojito, bostezó y volvió a dormirse como si aquello fuera lo más normal del mundo.

¡Galopando sobre las olas hacia el Atlántico!

Frotándose el culete dolorido y todavía riéndose de su propia torpeza, Pinocho volvió a montarse en su corcho gigante y dejó que la corriente le llevara entre salinas brillantes y esteros llenos de flamencos hasta la desembocadura del Guadalete en la bahía de Cádiz, donde el agua dulce se mezcla con las olas bravas del Atlántico.

Ríete siempre de tus propias caídas, querido explorador payasete, ¡porque los mejores viajes del mundo se recuerdan tanto por las maravillas que viste como por los tropezones que te hicieron soltar la carcajada más grande!

🎒 ¡Sigue viajando con Pinocho!

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