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Paisaje de ciudad

  • Pinocho y el antiguo palacio de los reyes junto al río Nalón

    Pinocho y el antiguo palacio de los reyes junto al río Nalón

    ¡Rumbo al río más largo de toda Asturias!

    Con unas botas de fútbol bien atadas a sus piececitos de madera y una camiseta deportiva verde de la selección asturiana, el enérgico Pinocho corrió como un rayo hasta el Principado de Asturias para chapotear en el cauce más grande de toda la comunidad: ¡el larguísimo río Nalón! Este río nace en las altísimas cumbres del Puerto de Tarna y baja serpenteante por valles mineros y praderas infinitas donde pacen tranquilamente las famosas vaquitas roxas asturianas.

    Montado en una vieja batea de madera de las que usaban los antiguos buscadores de oro en el río, Pinocho navegaba encantadísimo viendo cómo los mirlos y los petirrojos cantaban desde las ramas de los castaños enormes que flanqueaban las dos orillas como enormes soldados verdes dándole sombra fresquita.

    ¡Un palacio de mil años en lo alto de la montaña!

    Dejando la batea amarrada entre los juncos de una pradera, Pinocho subió corriendo una colina preciosa muy cerquita de la gran ciudad de Oviedo. Y allí arriba, rodeado de un césped verde brillante y de unos árboles viejísimos, se encontró con una joyita de piedra alucinante: la magnífica Santa María del Naranco de Oviedo. Era un palacito alargadísimo y elegantísimo construido hace más de mil años por los reyes asturianos. Sus arcos de piedra dorada, sus columnas finitas y sus balconcitos laterales le hacían parecer una cajita de música gigante hecha de roca milenaria. ¡Es tan especial que la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad!

    Pinocho se quedó sentado en la hierba fresquita admirando aquel monumento maravilloso, pensando en los antiguos reyes que jugaban allí, cuando sin querer le dio una patada a algo redondo que había en el suelo. ¡Se le iluminó la cara y gritó contento mientras empezaba a darle toques con los pies!

    «Dando mil toques divertidísimos a un viejo balón,
    Pinocho metió un golazo enorme a las aguas del Nalón»

    El balón salió disparado desde lo alto de la colina del palacio, rebotó en tres piedras, esquivó a dos vacas asustadas y acabó cayendo con un enorme ¡CHOF! en mitad del río. Los pescadores de truchas que estaban en la orilla se levantaron aplaudiendo y gritando «¡GOOOL!» mientras las vacas mugían desconcertadas mirando al cielo.

    ¡Bajando el río hasta las playas del Cantábrico!

    Tras recuperar su balón mojadísimo y despedirse con una reverencia futbolera del precioso palacio prerrománico, Pinocho saltó de vuelta a su batea de oro para continuar el viaje. El río Nalón todavía tenía que pasar por los viejos pueblos mineros y las sidrerías humeantes antes de fundirse con el Cantábrico en la preciosa playa de San Esteban de Pravia.

    Lleva siempre un balón en la mochila, querido explorador deportista, ¡porque nunca sabes cuándo vas a encontrar la portería natural más espectacular del mundo entre las montañas!

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  • Pinocho y el museo del futuro a orillas del río Nervión

    Pinocho y el museo del futuro a orillas del río Nervión

    ¡Rumbo a la ciudad más moderna del norte de España!

    Con un paraguas plegable y unas ganas enormes de ver algo que le habían contado que parecía una nave espacial, el intrépido aventurero de madera, Pinocho, puso rumbo al corazón del País Vasco para navegar por un río con un nombre que suena a pura fuerza y energía: ¡el bravo río Nervión! Este cauce baja rápido y decidido desde las montañas vascas hasta meterse de lleno en la gran ciudad de Bilbao, donde sus aguas se vuelven anchas y tranquilas antes de juntarse con el mar Cantábrico.

    Subido encima de una txalupa vieja (un barquito pesquero tradicional vasco) que le prestó un arrantzale simpático, Pinocho fue viendo cómo el paisaje cambiaba de montañas verdes a puentes enormes y edificios modernísimos a medida que el río entraba en la gran ciudad.

    ¡Una nave espacial de titanio a la orilla del río!

    De pronto, al girar una curva del río bajo un puente altísimo, Pinocho casi se cae de espaldas al agua. Delante de él, plantado justo en la mismísima orilla del Nervión, se elevaba el espectacular Museo Guggenheim de Bilbao. ¡Era alucinante! Todo el edificio estaba cubierto de enormes planchas de titanio plateado que brillaban y cambiaban de color bajo la luz del sol, dándole unas formas curvas imposibles que parecían las escamas de un pez gigante o los pétalos de una flor del futuro. ¡Y custodiando la entrada, un perrito colosal hecho enterito de flores de colores llamado Puppy le daba la bienvenida con su sonrisa vegetal!

    Pinocho estaba tan emocionadísimo correteando alrededor del museo-nave-espacial que no se fijó en que su txalupa se había soltado y flotaba río abajo. ¡Menudo susto! Corrió detrás de ella a toda velocidad, dando un salto acrobático para caer dentro del barquito, y al aterrizar de culo se le mojaron los bajos y canturreó muerto de risa:

    «Empapándose entero hasta el último pantalón,
    Pinocho chapoteó de risa en las olas del río Nervión»

    El enorme perrito Puppy de flores pareció sonreír todavía más con su millón de margaritas, y los turistas que paseaban por la pasarela del museo se asomaron aplaudiendo a ese graciosísimo saltador acuático de madera que se sacudía el agua de los calzoncillos.

    ¡Remando hacia la bocana del Cantábrico!

    Escurriendo sus ropitas empapadas y con la sonrisa más grande de todo el País Vasco pintada en la cara, Pinocho retomó los remos para bajar los últimos kilómetros del Nervión hasta la desembocadura en el mar. ¡Todavía le quedaba ver el enorme Puente Colgante de Portugalete, otra maravilla bilbaína!

    No tengas nunca miedo de mojarte persiguiendo tus sueños, querido explorador, ¡porque las mejores aventuras siempre acaban con los zapatos empapados y la sonrisa más grande del mundo!

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  • Pinocho y la isla más curiosa del mundo en el río Bidasoa

    Pinocho y la isla más curiosa del mundo en el río Bidasoa

    ¡Rumbo a la frontera más verde entre dos países!

    Con una txapela vasca bien puesta en su cabecita de madera y una sidra natural en su cantimplora, el insaciable explorador Pinocho caminó hasta el norte de España para conocer un río pequeñito pero lleno de grandísimos secretos: el encantador río Bidasoa. Este cauce cortito y fresquísimo baja saltarín desde los montes navarros entre hayedos mágicos hasta llegar al mar Cantábrico haciendo de frontera natural entre España y Francia.

    Subido a una tabla de surf vasca pintada con los colores de la ikurriña, Pinocho remaba entre salmones que saltaban a su alrededor como si estuvieran compitiendo en unas olimpiadas acuáticas. El olor a hierba mojada y bosque fresco le hacía cosquillas en la punta de la nariz a cada segundo.

    Una torre moderna y la isla más rara del planeta

    Al llegar a la bonita ciudad de Irún, Pinocho saltó a tierra para estirar las piernecitas y se quedó fascinado al ver entre los edificios un gigante modernísimo que brillaba bajo el sol: ¡la espectacular Torre Zaisa de Irún! Era un edificio altísimo y supermoderno de hormigón y cristal reluciente, con unas enormes ventanas que reflejaban las montañas verdes y las nubes como si fueran espejos mágicos. ¡Parecía un rascacielos del futuro plantado en medio de la naturaleza vasca!

    Pero lo más alucinante vino después. Al volver al río y seguir bajando hacia la desembocadura, vio en mitad del agua una cosita verde diminuta: ¡la famosísima Isla de los Faisanes! Es la isla más curiosa y especial del mundo entero porque pertenece a España seis meses al año… ¡y a Francia los otros seis! Cada medio año se cambian las llaves. ¡Es la isla compartida más pequeña y diplomática del planeta!

    Tan asombrado quedó con esa idea de compartir una islita entera que sacó un cuenquito de su mochila, se preparó un piscolabis saludable y canturreó feliz mientras rodeaba la diminuta isla:

    «Merendando muy contento un rico plato de quinoa,
    Pinocho rodeó encantado la isla secreta del Bidasoa»

    Un faisán gordote y coloradísimo que paseaba campante por la islita levantó la cabeza al oír la rima, agitó sus plumas doradas orgulloso de que su isla llevara su nombre y soltó un cacareo aprobatorio que sonó por ambas orillas francesas y españolas al mismo tiempo.

    ¡Las olas del Cantábrico ya rugen!

    Con su cuenquito bien recogido y despidiéndose del faisán diplomático con una reverencia internacional, Pinocho retomó su tabla de surf hacia los últimos metros del río donde las aguas dulces del Bidasoa se mezclaban con la espuma bravísima del Cantábrico en la bahía de Txingudi.

    Aprende siempre a compartir como hacen los países con esa islita mágica, querido explorador, ¡porque las mejores fronteras del mundo son las que se cruzan con una sonrisa y un buen plato de comida calentita!

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  • Pinocho y las casas que vuelan sobre el increíble río Júcar

    Pinocho y las casas que vuelan sobre el increíble río Júcar

    ¡Rumbo al río de los cañones y las hoces mágicas!

    Con sus ojitos bien abiertos y un cuadernito de dibujo bajo el brazo, el curioso explorador de madera, Pinocho, viajó hasta las montañas del interior de España para descubrir un río que esconde secretos espectaculares entre paredes de roca altísimas: el precioso río Júcar. Este cauce nace chiquitín entre las sierras de Cuenca y va creciendo poquito a poco hasta convertirse en un río grande y fuerte que acaba bañando las huertas de Valencia antes de llegar al Mediterráneo.

    Navegando en un barrilito de madera que olía a canela, Pinocho se iba metiendo despacito en un desfiladero cada vez más estrecho y profundo. Las paredes de roca a su alrededor crecían y crecían hasta parecer enormes rascacielos naturales de piedra caliza. ¡El eco del agua salpicando su barrilito rebotaba por todos lados como si mil pinochos estuvieran chapoteando a la vez!

    ¡Casas que se asoman al vacío!

    Justo cuando el cañón se hacía más y más impresionante, Pinocho alzó la nariz de madera hacia arriba y pegó un grito de puro asombro que casi le hace caerse al agua. ¡Allí arriba, colgando literalmente del borde mismo del precipicio, estaban las famosísimas Casas Colgadas de Cuenca! Eran unas casitas antiquísimas de madera y piedra que se agarraban al acantilado como si fueran nidos de golondrina gigantes, con sus balcones asomándose al abismo cientos de metros por encima del río. ¡Parecía absolutamente imposible que no se cayeran!

    Pinocho, que de madera sabía un rato largo, se quedó admiradísimo de que unos carpinteros de hace siglos hubieran sido capaces de construir algo tan increíble. Sacó de su mochilita un terroncito que le habían regalado en un pueblecito de la sierra y canturreó mirando hacia las casas voladoras:

    «Endulzando su viaje con un terrocito de azúcar,
    Pinocho navegó maravillado por las hoces del Júcar»

    Desde uno de los balconcitos colgantes más altos, un viejito con boina le tiró una cuerda con una cestita llena de rosquillas de anís recién hechas. Pinocho las cazó al vuelo con su larga nariz y le mandó un beso volado de agradecimiento al amable panadero de las alturas.

    ¡Bajando entre huertas hasta el mar azul!

    Con la barriguita llena de rosquillas y el cuadernito repleto de dibujos imposibles de casas voladoras, Pinocho se dejó arrastrar dulcemente por la corriente a través de las últimas hoces de piedra. El río Júcar aún tenía que atravesar fértiles valles naranjas y arrozales antes de besar las olas del Mediterráneo.

    Mira siempre hacia arriba cuando camines junto a un acantilado, valiente explorador, ¡porque en los lugares más imposibles es donde la humanidad ha construido sus obras más asombrosas y atrevidas!

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  • Pinocho y las murallas romanas invencibles del río Miño

    Pinocho y las murallas romanas invencibles del río Miño

    ¡Rumbo a las verdes y lluviosas tierras de Galicia!

    Equipado con un magnífico chubasquero amarillo y unas botitas de agua para chapotear a gusto, nuestro queridísimo Pinocho viajó hasta el rincón más verde y mágico de toda España: ¡Galicia! Allí nace y serpentea entre bosques de robles centenarios y valles de niebla encantada el precioso río Miño, el río más largo e importante de toda la comunidad gallega, que acaba haciendo de frontera natural con Portugal antes de abrazarse al océano Atlántico.

    Montado encima de una enorme concha de vieira (el símbolo de los peregrinos del Camino de Santiago), Pinocho navegaba encantadísimo. La lluvia fina y suavecita, llamada cariñosamente «orballo» por los gallegos, le hacía cosquillas en la nariz de madera mientras las vacas rubias de las praderas le miraban pasar mugiendo tranquilamente desde la orilla.

    ¡Un abrazo de piedra gigante que no se acaba nunca!

    Remontando un poquitín el curso del agua, Pinocho llegó hasta la antiquísima ciudad de Lugo y se quedó absolutamente petrificado de asombro. ¡Rodeando la ciudad entera como un cinturón gigante de piedra estaba la famosa Muralla de Lugo! Es una construcción romana alucinante de más de dos mil años que abraza toda la ciudad sin un solo huequito: ¡más de dos kilómetros completos de muro altísimo con torres enormes y redondas donde los legionarios romanos vigilaban día y noche! Es tan increíble que la declararon Patrimonio de la Humanidad.

    Pinocho subió correteando por unas escaleritas de piedra hasta caminar por encima de la muralla, paseando por el mismo camino que pisaron los legionarios romanos hace dos milenios. Un vientecillo fresquito de montaña le revolvió la ropita y entonces sacó de la mochila algo suavecísimo que le habían regalado y cantó alegremente:

    «Abrigándose feliz con su capa blanca de suave armiño,
    Pinocho paseó como un auténtico rey por las aguas del Miño»

    Los gatos callejeros que dormitaban acurrucados entre las piedras milenarias de la muralla abrieron un ojito perezoso al escuchar la rima y ronronearon contentísimos, como dándole la aprobación oficial a ese simpático monarca de madera que desfilaba sobre sus antiguas piedras.

    ¡Bajando hacia la raya portuguesa!

    Tras dar una vuelta completa caminando por encima de la muralla entera y despedirse de los gatitos guardianes, Pinocho bajó las escaleras saltando de dos en dos y volvió a subirse a su concha de vieira para dejarse llevar por la corriente del Miño río abajo, hacia los viñedos del Ribeiro y las costas bravas del Atlántico.

    Pasea siempre por encima de las murallas antiguas que encuentres, querido explorador, ¡porque desde las alturas de la historia se ve el mundo más bonito y se entiende mucho mejor de dónde venimos todos!

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  • Pinocho y su pequeño arbolito mágico en el gran río Paraguay

    Pinocho y su pequeño arbolito mágico en el gran río Paraguay

    ¡Rumbo al corazón verde de Sudamérica!

    Con su inseparable mochilita repleta de ilusiones enormes, el pequeño aventurero de madera, Pinocho, cruzó las nubes hasta aterrizar suavemente en el mismísimo centro de Sudamérica para conocer un río largo, anchísimo y lleno de vida: el maravilloso río Paraguay. Este caudaloso gigante cruza llanuras interminables llamadas «el Chaco» y es tan importante que le da nombre a un país entero lleno de arpa, guaraní y paisajes de ensueño.

    Flotando cómodamente sobre una enorme sandía vaciada a la que le puso una vela de hojas de plátano, Pinocho veía cómo los yacarés (unos primos hermanos de los cocodrilos) se asomaban perezosísimos de entre los juncos para fisgonear al curioso pasajero de madera que navegaba cantando bajito.

    Una catedral blanca llena de historia

    La corriente le llevó suavemente hasta la gran capital, la preciosa ciudad de Asunción. Tras amarrar su sandía-velero en la orilla arenosa, corrió calle arriba hasta quedarse plantado con la boca abierta frente a la elegantísima Catedral de Nuestra Señora de la Asunción. Era una iglesia grandota y majestuosa con una fachada blanca impoluta y unas columnas enormes que le recordaban a los antiguos templos griegos. Por dentro, unos altísimos techos pintados y unas lámparas doradas brillaban como si fueran estrellas atrapadas bajo el techo.

    Sentado en un banquito de la fresquita plaza de la catedral, disfrutando de la sombra y abanicándose con una hojita, Pinocho sacó un regalo chiquitín que le habían dado unos niños guaraníes de la orilla: un preciosísimo arbolito en miniatura que cabía en la palma de la mano. Contentísimo, lo alzó al sol y canturreó para que todos escucharan:

    «Cuidando con mucho cariño su precioso y diminuto bonsái,
    Pinocho flotó encantado por todo el inmenso río Paraguay»

    Las palomitas blancas de la plaza de la catedral revolotearon alrededor del arbolito chiquitín tan curiosas y maravilladas que parecía que estaban admirando la obra de arte más pequeña y bonita del universo entero.

    ¡Bajando las aguas hacia el enorme abrazo del Paraná!

    Tras colocar su bonsái con todo el cariño del mundo en la proa de su sandía-barco para que le diera el solecito, Pinocho soltó amarras y dejó que la corriente lo empujara sin prisa. Aún tenía que recorrer muchos meandros antes de que el río Paraguay se fundiera con el gigantesco Paraná en un abrazo acuático espectacular.

    Cuida siempre con mucho mimo las cosas pequeñitas que te regale la vida, querido explorador, ¡porque en lo más diminuto se esconden a veces los tesoros más enormes de toda la gran aventura!

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  • Pinocho y el grandioso puente colgante del poderoso río Orinoco

    Pinocho y el grandioso puente colgante del poderoso río Orinoco

    ¡Rumbo al gigante río de las tortugas charapas!

    Siempre con muchísima energía y moviendo ágilmente sus bracitos de madera, nuestro queridísimo Pinocho continuó paseando por todo el caluroso corazón de Sudamérica. Esta vez, se lanzó de bomba para refrescarse en las increíbles y azuladas ondas de Venezuela, nadando en los inmensísimos caudales del fabuloso río Orinoco. ¡Es uno de los ríos más largos y caudalosos de todo el continente y el hogar de millones de simpáticos animalillos salvajes!

    Remando despacito montado a lomos de un caimansito chiquitito de juguete que encontró perdidillo en la orilla, Pinocho alucinaba mirando las gigantescas tortugas charapas. Se pasaban todo el santísimo día tumbadas encima de los troncos asomados tomando el solecito de lo lindo.

    Dos tesoros enormes, uno antiguo y otro colgado

    Al llegar a la histórica y bella Ciudad Bolívar, el niño de madera pegó un salto grandísimo con la boca abierta: ¡El río estaba cruzando por un gigantesco monstruo de acero! Se encontró justo debajo del altísimo Puente de Angostura, el puente colgante más imponente que cruza el agua balanceándose majestuosamente entre dos inmensas torres. Y asomando entre las preciosísimas casitas coloniales teñidas de colores intensos de esa misma ciudad, brillaba la espléndida Catedral de Santo Tomás con sus grandiosas paredes blanquitas como la inmaculada nieve.

    Emocionadísimo con tantísimos lugares y olores sabrosos flotando maravillosamente cerca del monumental puente, sacó un plato que le prepararon las señoras y nos regaló cantando una rima muy hambrienta:

    «Lamiéndose el dedo y zampando un súper rico pabellón criollo,
    Pinocho paseó feliz todo el ancho e interminable Orinoco»

    Los preciosos pajaritos coloridos, asombrados ante esa simpatiquísima canción del amiguito viajero de la larga nariz de madera, revolotearon sin descanso por toda la colosal plaza de la Catedral celebrando aquel riquísimo y hambriento concierto.

    ¡Rumbo hacia la alucinante llanura infinita!

    Devorando el último granito de arroz contentísimo, dio palmas de alegría a su caimansito balsa para saltar a rebotar por la asombrosísima infinidad del curso hacia la selva y el brillante Caribe gigante sin un solo descanso.

    Lleva muchísima salsa siempre rica escondida en las alforjas tuyas, curioso explorador soñador de las maravillas, ¡porque todo rincón majestuoso gigante que cruces con puente será muchísimo mejor con sus alegres platos y amigazos cantores!

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  • El caluroso baile de Pinocho bajo la enorme iglesia del río Magdalena

    El caluroso baile de Pinocho bajo la enorme iglesia del río Magdalena

    ¡Rumbo al inmenso y alegre río de Colombia!

    Dando un saltito lleno de ritmo y color, el muñequito de madera más atrevido del mundo, Pinocho, decidió cruzar todos los mares para bañarse en las soleadas aguas de Sudamérica. Con una inmensa sonrisa llegó al conocidísimo río Magdalena, ¡el verdadero corazón líquido de toda Colombia entera! Es un río kilométrico que riega miles de selvas, montañas altísimas y pueblecitos repletos de la música más bailonga de la Tierra.

    Dejándose querer y flotando graciosamente boca arriba sujeto a un viejo cocotero, Pinocho escuchaba el dulce y asombroso chapoteo de los curiosos caimanes, que asomaban tímidamente sus perezosos ojitos por encima del agua azuladísima mientras escuchaba tambores a lo muuuy lejos.

    Una iglesia moderna llena de infinitas lucecitas de colores

    Llevado por la sabrosísima y gigante corriente rítmica, llegó a la gigantesca y maravillosa ciudad de Barranquilla. Buscando el origen de tanto color de cuento precioso, frenó en la gran orilla del río y se subió apresurado a la explanada para maravillarse con una iglesia súper rarísima e inmensa: ¡la gigantesca y modernísima Catedral metropolitana de Barranquilla! Sus formidables techos cruzados y todos aquellos grandototes y puntiagudos cristales «vidrieras», coloreaban absolutamente toda la enorme catedral, tiñendo el sol de color caramelo multicolor y arrojando lucecitas de arcoíris por toda la alegre y rumbosa explanada.

    Tan contagiadísimo por aquel tremendo sol y aquel rimbombante ambiente sabrosísimo, que Pinocho se puso hojas grandotas de palmera en la cabeza simulando tener muchísimo pelo tropical y se arrancó cantando y roncando:

    «Sacudiendo muy contento su graciosa y veraniega melena,
    Pinocho rió a inmensas carcajadas bajando el río Magdalena»

    Varios papagayos inmensos, preciosísimos y multicolores bajaron rapidísimo revoloteando por la altísima plaza bañada de hermosos rayitos multicolor bailoteando entre aplausos, picoteando el sombrerito para unirse a ese fantástico compás.

    ¡Rumbo hacia el gigantesco mar bailongo!

    Tras frotarse asombradísimo los ojitos y coger por puñados las chulísimas plumas y sonrisas de la ciudad sabrosa tropical, nuestro incansable muñequito saltó devuelta rapidísimo a chofetear para seguir bañando todas las mágicas rumbas que el gran país colombiano escondía hasta llegar al salado Caribe.

    Haz como él y no te canses nunca de poner un pasito caribeño de baúl de barco grande a todos tus nuevos viajes, amigo de grandes sonrisas, que a los tristes cocodrilos jamás de los jamases les sonreirá el colorido Caribe.

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  • Pinocho y el poético paseo bajo los árboles del inmenso río Don

    Pinocho y el poético paseo bajo los árboles del inmenso río Don

    ¡Rumbo al ancho río de las grandes planicies!

    Inasequible al cansancio y siempre cargado con mil ganas de hacer nuevos simpáticos amiguitos, el divertido viajero de madera, Pinocho, aterrizó en el rincón sureste de Europa para sumergirse en la enorme tranquilidad del fabuloso río Don. Es un gigante y pacífico río anchísimo y muy largo, rebosante siempre de viejos barcos pesqueros y de paisajes que quitan absolutamente todo el hipo a los grandes pintores.

    Flotando esta vez en una pequeña camita de salvavidas hinchable para no hundir sus piernecitas de madera, el alegre explorador veía pasar enormes y preciosas cigüeñas que sobrevolaban las plácidas olas como queriendo acompañar su camino.

    ¡El callejón más verde, paseable y misterioso!

    Después de un buen trayecto entre las grandes barcas, la enorme ciudad de Rostov se abrió paso de repente ante las mismas orillas del inmenso cauce azulado. Saltando a tierra firme de un tremendo brinco, el muchachito de madera corrió hacia su famoso centro y se encontró con un camino asombroso y literario: ¡la bellísima Pushkin Street de Rostov del Don! Eran kilómetros y kilómetros enteros de una calle llenísima de frondosos árboles larguísimos, estatuas súper poéticas asombrosas y mil banquitos de hierro labrado preciosos por donde centenares de ciudadanos paseaban y hablaban sin descanso al atardecer.

    Pinocho de repente, recordando lo sumamente ancho y pacífico que era el curso de agua y lo tranquilo que se podía dormir viendo pasar esos grandísimos y artísticos paisajes esteparios de las orillas verdes, entonó una chulísima y divertidísima coplilla canalla:

    «Ronqui-roncando feliz bien tumbadito en su cómodo almohadón,
    Pinocho paseaba a sus anchas por todo el pacífico río Don»

    Unos gatitos atigrados de las calles que jugaban perezosos en los altísimos setos del preciosísimo paseo ajardinado abrieron sus grandotes ojitos como platos, asintiendo a su cantar y enroscándose gustosamente entre el verde callejeo para buscar un buen lugar de siesta reparador bajo el sol.

    ¡Pitando hacia las grandísimas puertas del sur del mar!

    Tras acariciar cariñosísimamente a la pandilla minina maulladora y despedirse muy amigablemente de todos los imponentes bustos literarios de gigantesca roca, se acomodó gustoso las bufandas y corrió de vuelta a su mágico flotador azul hasta acabar el recorrido infinito en el profundo asombro del grandísimo e histórico Mar de Azov.

    Agarra de la mano a toda tu enorme imaginación y no dejes de explorar jamás ningún hermoso rincón recóndito y enmarañado del mundo, fiel amigo curioso de los libros, pues de las raíces literarias del hermoso mundo nace toda su gran magia sin parangón.

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  • Pinocho y la gigantesca estatua guardiana del alucinante río Dniéper

    Pinocho y la gigantesca estatua guardiana del alucinante río Dniéper

    ¡Rumbo al gigante río de tres países!

    Llevado en volandas por su enorme curiosidad de madera, nuestro simpático amigo Pinocho saltó veloz hacia los grandísimos valles de Europa del Este y zambulló sus piernas alegremente en las aguas inmensas del maravilloso río Dniéper. Este increíble y kilométrico cauce cruza praderas eternas y es famoso por darle vida y muchísima energía inagotable a varios países muy grandotes a la vez.

    Dejando los botes para otro viaje, Pinocho decidió que este río merecía otra magia y ató un manojo de cañas de la orilla para formarse una mullida y cómoda balsita. Flotando dulcemente a la gran luz del verano, admiraba fascinado los saltos mortales que las grandísimas truchas daban volando encima de su cabecita puntiaguda.

    Una increíble madre plateada tocando nubes

    Al llegar remando a una grandísima curva a su paso por la impresionante e histórica ciudad de Kiev, el niño de madera frenó su balsa en seco aguantándose el sombrero de asombro absoluto. Custodiando la ancha orilla de todo el río Dniéper desde la alta colina se levantaba ¡la gigantesca y deslumbrante Estatua de la Madre Patria de Kiev! De puro altísima y grandota que era, esta escultura enorme y brillante de reluciente acero sujetaba firmemente con sus brazos una espada imparable y un imbatible escudo de guerra por encima de absolutamente toda la propia ciudad.

    Maravilladísimo por aquella enorme guerrera plateada de cuento colosal, el aventurero de madera divisó un ave blanca preciosísima aleteando a su diestra e improvisó con su habitual pillería musical:

    «Navegando hombro con hombro al ladito del más bello cisne,
    Pinocho se enamoró completamente de los paisajes del Dniéper»

    La inmensa ave de plumas blanquísimas canturreó suavemente asintiendo con su largo y flexible cuellito al hermoso poema del travieso niño, como haciéndose nuevos amigos del agua para siempre.

    ¡Hacia la majestuosa llanura del agua salada!

    Dando un reverendo saludo a la guardiana gigante plateada y aleteando la mano de gracia a su compañero animal alado de las nieves acuáticas, retomó felizmente la gran y eterna bajada en su cómodo catamarán de bambú y caña hasta ir a estamparse de salpicones al imponente Mar Negro.

    Apunta muy bien las coordenadas donde se juntan la historia de los colosales gigantes de plata y los más delicados animales marinos que existen, explorador, porque en ambos lazos nos enseña el gran planeta la más bella aventura de los inabarcables ríos.

    🎒 ¡Sigue viajando con Pinocho!

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