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Edificio religioso

  • Pinocho y el rugido del jaguar en las selvas del río Usumacinta

    Pinocho y el rugido del jaguar en las selvas del río Usumacinta

    ¡Rumbo al río sagrado de los antiguos mayas!

    Con una linterna de explorador y un machete de juguete para apartar las lianas, el valientísimo Pinocho se adentró en lo más profundo de Centroamérica para surcar las misteriosas y calientes aguas del imponente río Usumacinta. Este cauce selvático y anchísimo hace de frontera natural entre México y Guatemala, y durante siglos fue la autopista secreta de la civilización maya, por donde los antiguos sacerdotes y comerciantes transportaban jade, cacao y plumas de quetzal en grandes canoas talladas.

    Flotando sobre un tronco de ceiba (el árbol sagrado de los mayas), Pinocho navegaba asombradísimo entre paredes de selva altísimas donde los monos aulladores gritaban como si fueran truenos vivientes y las guacamayas rojas cruzaban el cielo como fuegos artificiales de plumas.

    ¡La pirámide del felino más poderoso de América!

    Dejando su tronco amarrado entre las raíces de un manglar, Pinocho se abrió camino por la espesura selvática siguiendo un caminito de piedra antiquísimo cubierto de musgo. De repente, la vegetación se abrió y frente a él apareció una visión que le dejó temblando de emoción: ¡la majestuosa pirámide del Templo del Jaguar de Chichén Itzá! Era una construcción escalonada inmensísima de piedra gris, con una escalinata central empinada como una montaña y cabezas de serpientes emplumadas talladas en la base que parecían vigilar a todo el que se atreviera a acercarse.

    Mientras subía las escaleras de la pirámide con las rodillitas de madera temblándole, escuchó un rugido grave y profundo que hizo vibrar las piedras. Al girarse muy despacito, vio dos ojos amarillos brillantes observándole desde la sombra de un arbusto: ¡era un jaguar enorme y precioso, con su pelaje dorado cubierto de manchas negras en forma de roseta! El felino no parecía enfadado, sino curioso, como si estuviera custodiando el templo que llevaba su nombre desde hacía mil años. Con el corazón a mil pero sin perder la sonrisa, Pinocho susurró bajísimo su rima:

    «Atándose de los nervios el sombrero con una cinta,
    Pinocho navegó temblando las aguas del Usumacinta»

    El jaguar entrecerró sus enormes ojos dorados lentamente, como si estuviera asintiendo con aprobación real, y con un movimiento silencioso y elegantísimo se desvaneció entre las sombras de la selva como un fantasma manchado. Las iguanas que tomaban el sol en los escalones de la pirámide ni se inmutaron, como si aquello fuera lo más normal del mundo en su jardín milenario.

    ¡De vuelta a las corrientes selváticas!

    Con las piernecitas todavía temblándole de la emoción y el sombrero bien atado por si acaso, Pinocho bajó corriendo las escaleras de la pirámide, cruzó la selva a toda prisa y saltó de vuelta a su tronco de ceiba sagrada. El Usumacinta aún tenía cientos de kilómetros de selva virgen y ruinas mayas escondidas antes de desembocar en el Golfo de México.

    Respeta siempre a los guardianes silenciosos de la naturaleza, querido explorador valiente, ¡porque los animales más poderosos de la selva solo muestran sus ojos dorados a los viajeros que caminan con el corazón limpio y la curiosidad bien atada!

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  • Pinocho y su gran amigo catalán entre las rocas mágicas del río Llobregat

    Pinocho y su gran amigo catalán entre las rocas mágicas del río Llobregat

    ¡Rumbo al río de las montañas con forma de dedos gigantes!

    Con una barretina roja en la cabecita y una bolsita de calçots asados bajo el brazo, el entusiasmado Pinocho viajó hasta las tierras catalanas para conocer un río rodeado de montañas tan increíbles que parecen esculpidas por gigantes: el caudaloso río Llobregat. Este cauce baja desde los Pirineos catalanes atravesando valles preciosos y pueblecitos de piedra hasta cruzar cerquita de Barcelona y desembocar en el Mediterráneo.

    Nada más llegar a la orilla, Pinocho se encontró con un niño payés (así es como se llama a los campesinos catalanes) que llevaba una cesta enorme llena de frutas recién cogidas del huerto. Se llamaba Bernat, tenía la cara llena de pecas y una sonrisa anchísima. «¡Ei, nen! ¿Vols navegar amb mi?», le gritó en catalán. Pinocho no entendió ni media, pero la sonrisa de Bernat era tan contagiosa que se subió con él a una vieja barca plana de payés y los dos empezaron a remar juntitos río arriba entre risas.

    ¡Las rocas gigantes y la Moreneta!

    Remando y compartiendo melocotones dulcísimos de la cesta, los dos amigos llegaron hasta un lugar que dejó a Pinocho completamente petrificado de asombro. Las montañas a su alrededor se habían convertido en enormes columnas de roca redondeadas y altísimas que apuntaban al cielo como dedos de piedra gigantescos. ¡Era la mismísima montaña de Montserrat! Y encajado entre aquellas rocas imposibles, agarrado como un nido de águila a la ladera, descubrió el precioso Monasterio de Montserrat. Era un edificio grandioso de piedra antigua donde los monjes custodiaban desde hacía siglos a la famosísima «Moreneta», una talla de madera oscura de la Virgen que es el mayor tesoro de toda Cataluña.

    Bernat le contó a Pinocho la leyenda de los pastorcillos que encontraron la figurita escondida en una cueva de la montaña mágica hacía más de mil años. Los dos amigos se miraron contentísimos y Pinocho entonó su rima favorita mientras su nuevo compa le acompañaba dando palmas:

    «Compartiendo aventuras y risas con su amigo Bernat,
    Pinocho navegó entre montañas por todo el Llobregat»

    Los monjes del monasterio que escucharon el eco de la canción rebotando entre las rocas gigantes se asomaron por los ventanales sonrientes, y el coro de niños cantores de la Escolanía empezó a tararear la melodía desde dentro como si le estuvieran poniendo banda sonora de catedral a la aventura de los dos amiguetes.

    ¡Bajando juntitos hasta las playas de Barcelona!

    Con los corazones repletos de amistad y la cesta de frutas vacía de tanto compartir, los dos compañeros de viaje retomaron los remos para bajar el Llobregat entre campos de alcachofas, fábricas antiguas y pueblecitos con campanarios de piedra hasta divisar a lo lejos las grúas del puerto de Barcelona y el brillantísimo Mediterráneo.

    Haz siempre amigos nuevos en cada río que visites, querido explorador de corazón abierto, ¡porque los mejores viajes del mundo no se miden por los kilómetros navegados sino por las sonrisas compartidas!

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  • Pinocho el peregrino y su aventura mágica por el río Tambre

    Pinocho el peregrino y su aventura mágica por el río Tambre

    ¡Rumbo al río de los peregrinos y las leyendas!

    Con una gran concha de vieira colgada del cuello y un bastón de caminante hecho de su propia madera, el incansable Pinocho decidió convertirse en peregrino y caminar hasta las mágicas y verdes tierras de Galicia para conocer un río rodeado de misterios y leyendas antiguas: el precioso río Tambre. Este cauce tranquilo y escondido entre robledales centenarios baja despacito por valles cubiertos de niebla donde dicen que las meigas (las brujas gallegas) se asoman de noche a peinar la bruma con sus largos dedos.

    Flotando sobre un enorme trozo de corteza de roble que olía a bosque profundo, Pinocho navegaba entre las orillas más verdes que había visto en toda su vida. Las garzas blancas pescaban a su lado con una paciencia infinita y los enormes helechos se inclinaban para acariciar la superficie del agua como abanicos gigantes.

    ¡La catedral donde acaba el camino más largo de todos!

    Dejando su barca de corteza atada en la orilla de un prado lleno de margaritas, Pinocho echó a andar con su bastón y su concha hasta la mismísima ciudad de Santiago de Compostela. Al llegar a la Plaza del Obradoiro, las piernecitas de madera le temblaron de pura emoción: ¡frente a él se elevaba la grandiosa Catedral de Santiago! Era un edificio colosal de piedra dorada con dos torres gemelas altísimas que parecían querer tocar el cielo gallego, y su fachada estaba decorada con cientos de figuras de santos y ángeles tallados en roca. Miles de peregrinos de todo el mundo llegaban abrazándose y llorando de felicidad tras caminar cientos de kilómetros para llegar hasta aquella puerta.

    Pinocho, con su concha de peregrino balanceándose orgullosa sobre su pecho de madera, se emocionó tantísimo al sentirse parte de aquella tradición milenaria que se le escapó una lagrimita de resina y canturreó contentísimo a los cuatro vientos:

    «Colgando su concha de un finísimo hilo de alambre,
    Pinocho completó su peregrinaje a orillas del río Tambre»

    Una bandada de palomas de la plaza levantó el vuelo al unísono formando un remolino blanco gigante alrededor de las torres de la catedral, como si toda la plaza le estuviera aplaudiendo al pequeño peregrino de madera por haber completado el camino más bonito del mundo.

    ¡Siguiendo el agua hasta el fin de la tierra!

    Con el corazón repleto de emoción y la concha bien sujeta al pecho, Pinocho volvió trotando hasta su barca de corteza para seguir el Tambre río abajo. Todavía le quedaba navegar entre cascadas escondidas y molinos de piedra cubiertos de musgo antes de que el río se abrazara al océano Atlántico en la misteriosa ría de Muros y Noia.

    Camina siempre con el corazón abierto y una concha en el bolsillo, querido explorador peregrino, ¡porque los caminos más largos son siempre los que dejan las huellas más bonitas en tu alma aventurera!

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  • Pinocho y el antiguo palacio de los reyes junto al río Nalón

    Pinocho y el antiguo palacio de los reyes junto al río Nalón

    ¡Rumbo al río más largo de toda Asturias!

    Con unas botas de fútbol bien atadas a sus piececitos de madera y una camiseta deportiva verde de la selección asturiana, el enérgico Pinocho corrió como un rayo hasta el Principado de Asturias para chapotear en el cauce más grande de toda la comunidad: ¡el larguísimo río Nalón! Este río nace en las altísimas cumbres del Puerto de Tarna y baja serpenteante por valles mineros y praderas infinitas donde pacen tranquilamente las famosas vaquitas roxas asturianas.

    Montado en una vieja batea de madera de las que usaban los antiguos buscadores de oro en el río, Pinocho navegaba encantadísimo viendo cómo los mirlos y los petirrojos cantaban desde las ramas de los castaños enormes que flanqueaban las dos orillas como enormes soldados verdes dándole sombra fresquita.

    ¡Un palacio de mil años en lo alto de la montaña!

    Dejando la batea amarrada entre los juncos de una pradera, Pinocho subió corriendo una colina preciosa muy cerquita de la gran ciudad de Oviedo. Y allí arriba, rodeado de un césped verde brillante y de unos árboles viejísimos, se encontró con una joyita de piedra alucinante: la magnífica Santa María del Naranco de Oviedo. Era un palacito alargadísimo y elegantísimo construido hace más de mil años por los reyes asturianos. Sus arcos de piedra dorada, sus columnas finitas y sus balconcitos laterales le hacían parecer una cajita de música gigante hecha de roca milenaria. ¡Es tan especial que la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad!

    Pinocho se quedó sentado en la hierba fresquita admirando aquel monumento maravilloso, pensando en los antiguos reyes que jugaban allí, cuando sin querer le dio una patada a algo redondo que había en el suelo. ¡Se le iluminó la cara y gritó contento mientras empezaba a darle toques con los pies!

    «Dando mil toques divertidísimos a un viejo balón,
    Pinocho metió un golazo enorme a las aguas del Nalón»

    El balón salió disparado desde lo alto de la colina del palacio, rebotó en tres piedras, esquivó a dos vacas asustadas y acabó cayendo con un enorme ¡CHOF! en mitad del río. Los pescadores de truchas que estaban en la orilla se levantaron aplaudiendo y gritando «¡GOOOL!» mientras las vacas mugían desconcertadas mirando al cielo.

    ¡Bajando el río hasta las playas del Cantábrico!

    Tras recuperar su balón mojadísimo y despedirse con una reverencia futbolera del precioso palacio prerrománico, Pinocho saltó de vuelta a su batea de oro para continuar el viaje. El río Nalón todavía tenía que pasar por los viejos pueblos mineros y las sidrerías humeantes antes de fundirse con el Cantábrico en la preciosa playa de San Esteban de Pravia.

    Lleva siempre un balón en la mochila, querido explorador deportista, ¡porque nunca sabes cuándo vas a encontrar la portería natural más espectacular del mundo entre las montañas!

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  • Pinocho y su pequeño arbolito mágico en el gran río Paraguay

    Pinocho y su pequeño arbolito mágico en el gran río Paraguay

    ¡Rumbo al corazón verde de Sudamérica!

    Con su inseparable mochilita repleta de ilusiones enormes, el pequeño aventurero de madera, Pinocho, cruzó las nubes hasta aterrizar suavemente en el mismísimo centro de Sudamérica para conocer un río largo, anchísimo y lleno de vida: el maravilloso río Paraguay. Este caudaloso gigante cruza llanuras interminables llamadas «el Chaco» y es tan importante que le da nombre a un país entero lleno de arpa, guaraní y paisajes de ensueño.

    Flotando cómodamente sobre una enorme sandía vaciada a la que le puso una vela de hojas de plátano, Pinocho veía cómo los yacarés (unos primos hermanos de los cocodrilos) se asomaban perezosísimos de entre los juncos para fisgonear al curioso pasajero de madera que navegaba cantando bajito.

    Una catedral blanca llena de historia

    La corriente le llevó suavemente hasta la gran capital, la preciosa ciudad de Asunción. Tras amarrar su sandía-velero en la orilla arenosa, corrió calle arriba hasta quedarse plantado con la boca abierta frente a la elegantísima Catedral de Nuestra Señora de la Asunción. Era una iglesia grandota y majestuosa con una fachada blanca impoluta y unas columnas enormes que le recordaban a los antiguos templos griegos. Por dentro, unos altísimos techos pintados y unas lámparas doradas brillaban como si fueran estrellas atrapadas bajo el techo.

    Sentado en un banquito de la fresquita plaza de la catedral, disfrutando de la sombra y abanicándose con una hojita, Pinocho sacó un regalo chiquitín que le habían dado unos niños guaraníes de la orilla: un preciosísimo arbolito en miniatura que cabía en la palma de la mano. Contentísimo, lo alzó al sol y canturreó para que todos escucharan:

    «Cuidando con mucho cariño su precioso y diminuto bonsái,
    Pinocho flotó encantado por todo el inmenso río Paraguay»

    Las palomitas blancas de la plaza de la catedral revolotearon alrededor del arbolito chiquitín tan curiosas y maravilladas que parecía que estaban admirando la obra de arte más pequeña y bonita del universo entero.

    ¡Bajando las aguas hacia el enorme abrazo del Paraná!

    Tras colocar su bonsái con todo el cariño del mundo en la proa de su sandía-barco para que le diera el solecito, Pinocho soltó amarras y dejó que la corriente lo empujara sin prisa. Aún tenía que recorrer muchos meandros antes de que el río Paraguay se fundiera con el gigantesco Paraná en un abrazo acuático espectacular.

    Cuida siempre con mucho mimo las cosas pequeñitas que te regale la vida, querido explorador, ¡porque en lo más diminuto se esconden a veces los tesoros más enormes de toda la gran aventura!

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  • Pinocho y el grandioso puente colgante del poderoso río Orinoco

    Pinocho y el grandioso puente colgante del poderoso río Orinoco

    ¡Rumbo al gigante río de las tortugas charapas!

    Siempre con muchísima energía y moviendo ágilmente sus bracitos de madera, nuestro queridísimo Pinocho continuó paseando por todo el caluroso corazón de Sudamérica. Esta vez, se lanzó de bomba para refrescarse en las increíbles y azuladas ondas de Venezuela, nadando en los inmensísimos caudales del fabuloso río Orinoco. ¡Es uno de los ríos más largos y caudalosos de todo el continente y el hogar de millones de simpáticos animalillos salvajes!

    Remando despacito montado a lomos de un caimansito chiquitito de juguete que encontró perdidillo en la orilla, Pinocho alucinaba mirando las gigantescas tortugas charapas. Se pasaban todo el santísimo día tumbadas encima de los troncos asomados tomando el solecito de lo lindo.

    Dos tesoros enormes, uno antiguo y otro colgado

    Al llegar a la histórica y bella Ciudad Bolívar, el niño de madera pegó un salto grandísimo con la boca abierta: ¡El río estaba cruzando por un gigantesco monstruo de acero! Se encontró justo debajo del altísimo Puente de Angostura, el puente colgante más imponente que cruza el agua balanceándose majestuosamente entre dos inmensas torres. Y asomando entre las preciosísimas casitas coloniales teñidas de colores intensos de esa misma ciudad, brillaba la espléndida Catedral de Santo Tomás con sus grandiosas paredes blanquitas como la inmaculada nieve.

    Emocionadísimo con tantísimos lugares y olores sabrosos flotando maravillosamente cerca del monumental puente, sacó un plato que le prepararon las señoras y nos regaló cantando una rima muy hambrienta:

    «Lamiéndose el dedo y zampando un súper rico pabellón criollo,
    Pinocho paseó feliz todo el ancho e interminable Orinoco»

    Los preciosos pajaritos coloridos, asombrados ante esa simpatiquísima canción del amiguito viajero de la larga nariz de madera, revolotearon sin descanso por toda la colosal plaza de la Catedral celebrando aquel riquísimo y hambriento concierto.

    ¡Rumbo hacia la alucinante llanura infinita!

    Devorando el último granito de arroz contentísimo, dio palmas de alegría a su caimansito balsa para saltar a rebotar por la asombrosísima infinidad del curso hacia la selva y el brillante Caribe gigante sin un solo descanso.

    Lleva muchísima salsa siempre rica escondida en las alforjas tuyas, curioso explorador soñador de las maravillas, ¡porque todo rincón majestuoso gigante que cruces con puente será muchísimo mejor con sus alegres platos y amigazos cantores!

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  • El caluroso baile de Pinocho bajo la enorme iglesia del río Magdalena

    El caluroso baile de Pinocho bajo la enorme iglesia del río Magdalena

    ¡Rumbo al inmenso y alegre río de Colombia!

    Dando un saltito lleno de ritmo y color, el muñequito de madera más atrevido del mundo, Pinocho, decidió cruzar todos los mares para bañarse en las soleadas aguas de Sudamérica. Con una inmensa sonrisa llegó al conocidísimo río Magdalena, ¡el verdadero corazón líquido de toda Colombia entera! Es un río kilométrico que riega miles de selvas, montañas altísimas y pueblecitos repletos de la música más bailonga de la Tierra.

    Dejándose querer y flotando graciosamente boca arriba sujeto a un viejo cocotero, Pinocho escuchaba el dulce y asombroso chapoteo de los curiosos caimanes, que asomaban tímidamente sus perezosos ojitos por encima del agua azuladísima mientras escuchaba tambores a lo muuuy lejos.

    Una iglesia moderna llena de infinitas lucecitas de colores

    Llevado por la sabrosísima y gigante corriente rítmica, llegó a la gigantesca y maravillosa ciudad de Barranquilla. Buscando el origen de tanto color de cuento precioso, frenó en la gran orilla del río y se subió apresurado a la explanada para maravillarse con una iglesia súper rarísima e inmensa: ¡la gigantesca y modernísima Catedral metropolitana de Barranquilla! Sus formidables techos cruzados y todos aquellos grandototes y puntiagudos cristales «vidrieras», coloreaban absolutamente toda la enorme catedral, tiñendo el sol de color caramelo multicolor y arrojando lucecitas de arcoíris por toda la alegre y rumbosa explanada.

    Tan contagiadísimo por aquel tremendo sol y aquel rimbombante ambiente sabrosísimo, que Pinocho se puso hojas grandotas de palmera en la cabeza simulando tener muchísimo pelo tropical y se arrancó cantando y roncando:

    «Sacudiendo muy contento su graciosa y veraniega melena,
    Pinocho rió a inmensas carcajadas bajando el río Magdalena»

    Varios papagayos inmensos, preciosísimos y multicolores bajaron rapidísimo revoloteando por la altísima plaza bañada de hermosos rayitos multicolor bailoteando entre aplausos, picoteando el sombrerito para unirse a ese fantástico compás.

    ¡Rumbo hacia el gigantesco mar bailongo!

    Tras frotarse asombradísimo los ojitos y coger por puñados las chulísimas plumas y sonrisas de la ciudad sabrosa tropical, nuestro incansable muñequito saltó devuelta rapidísimo a chofetear para seguir bañando todas las mágicas rumbas que el gran país colombiano escondía hasta llegar al salado Caribe.

    Haz como él y no te canses nunca de poner un pasito caribeño de baúl de barco grande a todos tus nuevos viajes, amigo de grandes sonrisas, que a los tristes cocodrilos jamás de los jamases les sonreirá el colorido Caribe.

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  • El divertido paseo en maquinita por el increíble río Po

    El divertido paseo en maquinita por el increíble río Po

    ¡Rumbo al larguísimo río italiano!

    Con unas divertidísimas gafas de pirata y saltando de un puro brinco transalpino, el imparable y aventurero Pinocho regresó a su adorada Italia para recorrer una de las sendas acuáticas más impresionantes de todas: el inmenso río Po. Este gran coloso azul viaja cruzando el norte entero del país del revés al derecho para empujar despacito su agua a las costas del gran mar Adriático.

    Dejando aparcado los viejos botes de corcho aburridos, esta vez Pinocho se compró un gracioso barquito de chapa pequeñito, y surcó tranquilamente todo el agua divisando a un lado las orillas gigantes, los grandes campos de trigo inmensos repletos y unas vacas con las manchas como la nieve mirando el pasar.

    La gran ciudad elegante con el templo más mágico

    Llegado a una gigante metrópolis flanqueada muy cerca por los hielos relucientes de los grandes Alpes, se paró admirado a visitar en la enorme ciudad a la Catedral de Turín. ¡Es la iglesia principal de esa bellísima urbe! Pintada maravillosamente de colores piedra blanquísima por todos lados, luce una enorme torre puntiaguda campanario de ladrillos rojos preciosísimos y custodiada a pocos pasos de un viejísimo e impresionante palacio real que perteneció a un poderosísimo rey saboyano.

    Encantantado e impresionadísimo frente al sagrado gigantesco templo y con la imaginación ardiendo al fuego de muchísima inventiva para su diario mágico saltarín, encendió su navío pequeño de chapa por el agua y canturreó:

    «Soplando fuerte sobre una chimenea a todo vapor,
    Pinocho surcó valiente los increíbles canales del río Po»

    Los grandes niños pequeñitos italianos, entusiasmados viendo pitar con el agua chiquitín del barquito a cuerda al niño de madera simpático, acompañaron a zancadilla toda la inmensa estrofa echándole infinitas miguillas dulcísimas a todos los cisnes curiosos.

    ¡Pitidos hacia todas las aguas marineras!

    Dando un reverendo pitido despidiéndose rumboso a todos los muchísimos niños turistas de la explanada bellísima en la ciudad, giró el timoncito miniatura a estribor y el barquito emprendió la dulce caída maravillosa al este rebotando de chapuzón al mar cristalino azul.

    Lleva muchísimas asombrosas y pintorescas piezas juguetonas dentro las maletas contigo, viajerito incansable, que la maravilla acuática más divertida siempre está aún por asomarse.

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  • Pinocho y su baile infinito en el espectacular río Ródano

    Pinocho y su baile infinito en el espectacular río Ródano

    ¡Rumbo al río con más fama musical!

    Dando un salto con tanta energía que casi llega a tocar las nubes, el pequeño aventurero Pinocho viajó de un lado a otro por la historia y aterrizó en las claras y fresquísimas aguas del gran río Ródano. Este grandísimo río nace muy alto allí en los blanquísimos Alpes suizos para terminar resbalando por los gigantes valles franceses hasta el mar Mediterráneo.

    Flotando sobre un viejo pero robusto tronco de madera suiza, se fue fijando en los pajaritos y gaviotas que bailoteaban muy bajito casi peinando las nubes reflejadas en el agua. Todas cantaban una animada melodía que nuestro muñeco no conseguía llegar a entender pero que le hacía mover una y otra vez sus deditos de madera muy divertidísimo.

    ¡El puente misterioso cortado por la mitad y un castillo gigante de piedra!

    Llegado a un meandro muy espectacular, los ojos se le saltaron casi de la cara al ver ante sus narices la maravillosa ciudad de Avignon. Todo lo dominaba un coloso, ¡el alucinante Palacio Papal de Avignon! ¡Era la casa y fortaleza más grande del mundo que construyeron los antiguos y poderosos papas! Las paredes eran gigantes y altísimas, para no dejar pasar ninguna flecha a su imponente y seguro interior.

    Pero lo que más le gustó estaba justo a los pies del Palacio, y sobre las mismas aguas: se trataba del mágico y romántico Pont d’Avignon, ¡un viejísimo puente chulísimo que se detiene por la mitad del agua sin acabar de cruzar jamás por un lado! Fascinado por ver aquella pista de baile tan maravillosa empedrada encima del río, cantó recordando la vieja cancioncita francesa de la región:

    «Cantando feliz, lleno de alegría y siempre danzando,
    Pinocho bajó rapidísimo por las veloces corrientes del Ródano»

    Las palomitas blanquísimas de los muros que custodiaban el grandioso teatro de piedra revolotearon sin descanso aleteando por todos los alrededores como si ellas mismas y todo el majestuoso bosque celebrara su alegre fiesta cantarina.

    ¡Volviendo a las veloces corrientes del mar!

    Tras saltar unas cuantas veces sobre los arcos del asombroso puente al más puro ritmo francés y echarse agua fresca al calor, Pinocho se dejó caer suavemente al tronco flotador de nuevo. Los grandísimos viajes no tienen tiempo de parada cuando toda el agua empuja tus riendas con tanta gana, velocidad y alegría a conocer cada país.

    No camines sin saltar un dedito a tu mejor comparsa de viaje, amigo incansable viajero, la historia suena mejor cuando siempre le pones toda tu gran sonrisa.

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  • El colorido paseo de Pinocho bajo la basílica gigante del río Ebro

    El colorido paseo de Pinocho bajo la basílica gigante del río Ebro

    ¡Rumbo al río con más caudal de toda España!

    Lleno de energía y calzando sus mejores zapatitos de madera bien impermeabilizados, el inagotable Pinocho saltó desde los mismísimos montes cántabros para acompañar desde el primer hilito de agua a nuestro siguiente gran protagonista: el colosal río Ebro. Este cauce es tan famoso y poderoso que es el río más caudaloso (¡el que lleva más cantidad de agua!) de los que nacen y mueren íntegramente en España.

    Pinocho se deslizó río abajo abrazado fuertísimo al lomo de un simpático y enorme pez siluro que le sirvió como transporte submarino. Sentado como si fuera un jinete acuático, iba viendo cómo los inmensos meandros (unas curvas de agua de lo más mareantes) dibujaban el paisaje a su alrededor y peinaban los verdes campos.

    Una obra de arte inmensa en las orillas del agua

    Dando un gran derrape por las aguas, Pinocho llegó a la céntrica ciudad de Zaragoza donde sus ojitos saltaron de impresión. Se paró en seco a orillas del agua. Delante suya, ¡con cuatro torres elevadísimas que querían tocar de puntillas el mismísimo cielo!, se erguía orgullosa la increíble Basílica del Pilar de Zaragoza. Un edificio religioso espectacular que no solo asombra a todo el mundo por la cantidad de cúpulas con azulejos preciosos en sus techos al sol, sino porque todo el grandioso templo se refleja como un gigantesco y exacto espejo dorado en las anchas espaldas del río Ebro cuando atardece.

    Queriendo descansar de su alocada cabalgata a lomos del pez gigante y para admirar con calma su reflejo, se sentó a la dulce brisa del viento mientras cantaba para todos sus nuevos amigos:

    «Sentándose a descansar a gusto bajo la sombra de un verde enebro,
    Pinocho asombraba a todo el mundo a las orillas del Ebro»

    Unas abuelitas que paseaban de brazos por la orilla le aplaudieron dulcemente y le invitaron a unos ricos caramelitos por su maravillosa estrofa.

    ¡Deslizándose hacia las deltas del gran mar!

    Tras hacerse una buena foto sonriente con su siluro montura bajo la atenta y cálida mirada de la Basílica, el niño de madera siguió viaje atravesando tierras de labranzas y castillos, hasta zambullirse de lleno entre las aves del último tramo del río en el mar Mediterráneo.

    Busca siempre un buen árbol bajito donde descansar el paso, explorador, ¡pues todo lo bueno se vive más hermoso desde de un mullido cojín de tierra!

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