¡Rumbo al río sagrado de los antiguos mayas!
Con una linterna de explorador y un machete de juguete para apartar las lianas, el valientísimo Pinocho se adentró en lo más profundo de Centroamérica para surcar las misteriosas y calientes aguas del imponente río Usumacinta. Este cauce selvático y anchísimo hace de frontera natural entre México y Guatemala, y durante siglos fue la autopista secreta de la civilización maya, por donde los antiguos sacerdotes y comerciantes transportaban jade, cacao y plumas de quetzal en grandes canoas talladas.
Flotando sobre un tronco de ceiba (el árbol sagrado de los mayas), Pinocho navegaba asombradísimo entre paredes de selva altísimas donde los monos aulladores gritaban como si fueran truenos vivientes y las guacamayas rojas cruzaban el cielo como fuegos artificiales de plumas.
¡La pirámide del felino más poderoso de América!
Dejando su tronco amarrado entre las raíces de un manglar, Pinocho se abrió camino por la espesura selvática siguiendo un caminito de piedra antiquísimo cubierto de musgo. De repente, la vegetación se abrió y frente a él apareció una visión que le dejó temblando de emoción: ¡la majestuosa pirámide del Templo del Jaguar de Chichén Itzá! Era una construcción escalonada inmensísima de piedra gris, con una escalinata central empinada como una montaña y cabezas de serpientes emplumadas talladas en la base que parecían vigilar a todo el que se atreviera a acercarse.
Mientras subía las escaleras de la pirámide con las rodillitas de madera temblándole, escuchó un rugido grave y profundo que hizo vibrar las piedras. Al girarse muy despacito, vio dos ojos amarillos brillantes observándole desde la sombra de un arbusto: ¡era un jaguar enorme y precioso, con su pelaje dorado cubierto de manchas negras en forma de roseta! El felino no parecía enfadado, sino curioso, como si estuviera custodiando el templo que llevaba su nombre desde hacía mil años. Con el corazón a mil pero sin perder la sonrisa, Pinocho susurró bajísimo su rima:
«Atándose de los nervios el sombrero con una cinta,
Pinocho navegó temblando las aguas del Usumacinta»
El jaguar entrecerró sus enormes ojos dorados lentamente, como si estuviera asintiendo con aprobación real, y con un movimiento silencioso y elegantísimo se desvaneció entre las sombras de la selva como un fantasma manchado. Las iguanas que tomaban el sol en los escalones de la pirámide ni se inmutaron, como si aquello fuera lo más normal del mundo en su jardín milenario.
¡De vuelta a las corrientes selváticas!
Con las piernecitas todavía temblándole de la emoción y el sombrero bien atado por si acaso, Pinocho bajó corriendo las escaleras de la pirámide, cruzó la selva a toda prisa y saltó de vuelta a su tronco de ceiba sagrada. El Usumacinta aún tenía cientos de kilómetros de selva virgen y ruinas mayas escondidas antes de desembocar en el Golfo de México.
Respeta siempre a los guardianes silenciosos de la naturaleza, querido explorador valiente, ¡porque los animales más poderosos de la selva solo muestran sus ojos dorados a los viajeros que caminan con el corazón limpio y la curiosidad bien atada!
🎒 ¡Sigue viajando con Pinocho!
¿Te ha gustado esta historia? Descubre todos los ríos del mundo en la colección oficial.
📚 Ver y comprar libros completos en PDF








