Navegando a toda velocidad sobre una enorme y profunda batea de madera pulida, de esas mismas que se usaban antiguamente para buscar brillantes pepitas en los ríos, Pinocho surcaba las gélidas aguas del salvaje río Yukón. Para esta brillante y aventurera expedición por las escarpadas tierras de Norteamérica, el pequeño niño de madera iba vestido exactamente como un auténtico minero del viejo oeste: llevaba una cálida camisa de gruesa franela a cuadros rojos y negros, unos fuertes tirantes elásticos que le sujetaban los pantalones y un sombrero de ala ancha un poco abollado por el viento. ¡Parecía el buscador de tesoros más diminuto, valiente y simpático de todo Canadá!
El anchísimo e imponente río Yukón se abría paso velozmente entre montañas altísimas coronadas de hielo eterno y densos bosques de pinos que parecían no tener fin. La gigantesca batea flotante de Pinocho giraba suavemente sobre los espumosos rápidos de agua clara, mientras él usaba una gran pala de madera a modo de remo para no chocar contra las rocas. A su lado, nadando con muchísima fuerza y chapoteando alegremente, le acompañaba un enorme y peludo oso grizzly al que le encantaba cazar salmones, pero que en ese momento llevaba una curiosa cantimplora colgada al grueso cuello y parecía estar buscando piedras brillantes en el fondo del río con sus inmensas garras zarpudas.
Tras horas de emocionante y movida navegación río abajo, la rápida e incansable corriente los condujo hasta un recodo de la orilla donde la historia parecía haberse detenido por completo. A ambos lados del agua se levantaban antiguos campamentos de madera medio abandonados y viejas herramientas oxidadas por el tiempo: ¡estaban exactamente en el corazón de la famosa Fiebre del oro de Klondike! Hace mucho tiempo, miles de personas llegaron caminando hasta aquel remoto rincón helado del mundo buscando hacer fortuna, picando piedra dura y lavando arena helada todo el día con la esperanza de encontrar enormes pepitas del brillante y codiciado metal amarillo.
Pinocho, totalmente maravillado e inspirado por las épicas historias de aquellos antiguos y valientes mineros que se enfrentaron al frío polar para cumplir sus sueños, ató su gran batea a un viejo y crujiente muelle de madera. Se subió de un ágil saltito a una montaña de piedras lavadas, se ajustó sus elásticos tirantes con mucha energía haciendo que sonaran ¡ploing, ploing! contra su pecho de madera y recitó con gran entusiasmo:
«Volando muy alto por el cielo azul he visto un gran halcón,
mientras yo busco pepitas brillantes en el salvaje río Yukón»
Al oír aquella poética rima tan dorada, el enorme y peludo oso grizzly que estaba buceando cerca se sorprendió tanto que sacó la gran cabeza del agua de golpe, resopló fortísimo y escupió un chorro de agua por la nariz exactamente como si fuera una ballena. Del gran susto inesperado, soltó una vieja bota desgastada que había encontrado creyendo que era un enorme pez y resbaló cómicamente en la orilla de barro resbaladizo con un ruido estruendoso. Al mismo tiempo, una muy curiosa marmota que asomaba la cabecita desde su profunda madriguera, pensó que el sonido elástico de los tirantes de Pinocho era el de un banjo, y empezó a dar graciosos saltitos como si estuviera bailando alegre música country, haciendo que unas ardillas que miraban desde un pino se partieran de risa.
Riéndose a grandes carcajadas por el torpe susto del oso y el animado baile de la pequeña marmota, nuestro valiente buscador de madera se dedicó a explorar a fondo los restos del antiguo campamento minero abandonado. Descubrió oscuras cabañas de madera donde dormían apretados los buscadores de oro y, usando sus pequeñas y rígidas manos de pino como colador, removió la fina arena del río en un charco tranquilo de la orilla. ¡Para su enorme sorpresa, encontró una diminuta e inofensiva piedra dorada que brillaba muchísimo bajo el sol! Aunque seguramente no era oro de verdad, sino un trocito de cuarzo bonito, Pinocho la guardó en su bolsillo con mucho cariño como si fuera el tesoro más valioso del mundo.
Cuando el inmenso sol comenzó a ponerse por el horizonte tiñendo las cumbres nevadas de espectaculares tonos anaranjados y rojizos, pareciendo casi que todo el paisaje estuviera cubierto de oro puro, Pinocho se despidió del torpe pero muy amigable oso grizzly con un abrazo. Volvió a saltar a su gran batea de buscador, agarró firmemente su pala y se adentró de nuevo en la fuerte corriente del imponente Yukón, totalmente dispuesto a descubrir qué otras brillantes e increíbles sorpresas le esperaban en su mágico viaje por el mundo.
¡El planeta está lleno de rincones mágicos llenos de historia y el Yukón es solo el comienzo! Si quieres descubrir qué otros grandes misterios y simpáticas criaturas aguardan en las aguas de nuestro planeta, acompáñanos en la siguiente aventura.
🎒 ¡Sigue viajando con Pinocho!
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